En este mundo que late al pulso de una mayor proximidad, que nos desafía con retos nuevos y con viejos problemas, que como antiguas películas en sepia persisten o se agravan, uno de nuestros mayores desafíos es abordar de manera pacífica y enriquecedora las diferencias y ampliar, desde lo similar y lo complementario, los espacios que conectan.
Ahora bien, asumir la visión y el compromiso activo de ir construyendo una cultura del diálogo, de consensos básicos en principios y valores que pulsen armoniosamente hacia el bien compartido, de respeto al disenso, de inclusión de lo múltiple y lo diverso, de una lógica de la cooperación que no excluye ni niega al conflicto en sus posibilidades para cambios positivos, implica reconocer sus encrucijadas y explorar y dar realidad concreta a sus potencialidades.
La negociación, desde nuestra perspectiva, tiene un campo de especial aporte. Planteamos sí, un enfoque que hace tierra firma en propósitos genuinos de resolver y/o transformar las divergencias, congruentes con las situaciones concretas que se plantean, - y con una mirada abarcadora del sistema más amplio en que se insertan. Hacemos eje también, en una comunicación auténtica entre los actores; en procedimientos conjuntos y colaborativos , con reglas claras, -asumidas y respetadas por todos-, y que traduzcan, finalmente en hechos, el camino recorrido en busca de la mejor resolución posible.
La predisposición al encuentro con el otro y la vocación y capacidad de dialogar con quien tiene posiciones e ideas distintas, es vital. La negociación, como una ruta sustantiva, puede participar entonces,en la vida de las personas, de los grupos y organizaciones, de los países, tendiendo puentes y entramando redes que promuevan y sostengan, una convivencia creadora. Como tal, es parte sustantiva en la dinámica de una verdadera cultura de la democracia, del pluralismo y de la cohesión social.