Construir Unidad y un Faro Iluminador: Ortega y Gasset

Palabras pronunciadas en el "Encuentro en torno a la Convivencia" -Círculo Algeciras-,  Madrid,  febrero de 2007

José Ortega y Gasset, -y su obra-, pueblan un camino inspirador  de vigencia sostenida. Sus ecos y sus ritmos siguen cobrando presencia cuando enfocamos el valor de la unidad inclusiva de lo diverso;  incita a  la esperanza su certeza en la cohesión posible de las fuerzas y energías sociales en un programa deseable de futuro; encienden alertas ante los riesgos de las divisiones estériles, de la fragmentación ¿Cómo no volver la memoria, una y otra vez, por ejemplo, al hilo conductor de “España Invertebrada”: la idea de nación como proyecto sugestivo de vida en común, que no anula perfiles vitales? ¿Cómo no nutrirnos con ese foco puesto en  la búsqueda de lo que une en lo esencial  y alentarnos con  la fuerza de su visión integradora?

La palabra no solo describe sino que puede también, activar, generar  y crear realidades. La transición española, hito en las transformaciones políticas pacíficas del siglo XX, contó con la influencia de sus ideas en instancias claves. A pesar del tiempo transcurrido desde la publicación de “España Invertebrada” (1921), -reseña Federico Trillo Figueroa en el Prólogo de su Undécima Edición (1999)-,  Ortega y Gasset, fue el autor más citado en los debates que culminaron en la Constitución de 1978,  por la que se construyó el  marco legal y estable que rige la convivencia en democracia de todos los españoles El valor de su pensamiento, -destaca Trillo Figueroa- cobró presencia en las voces de los representantes de la mayoría de las posiciones ideológicas, tanto en el pleno del Congreso como en el del Senado.

Con una mirada abarcadora, en “La rebelión de las masas” hizo por su parte, un llamamiento a la unidad de Europa como “verdadera y definitiva solución de futuro a la crisis que sufre el continente”; postulación que incorporó expresamente en el “Prólogo a la Cuarta Edición  de España Invertebrada” (1934). Intuiciones y anhelos de un grande, que encontraba ya, la trama y la interrelación del destino nacional con el contexto más amplio.

En la Argentina su lúcida contribución se expresó también, en el campo periodístico. El diario “La Nación” lo contó como colaborador entre 1923 y 1940;  en ese período, sus artículos ahondaron en las complejidades de una identidad nacional que aún nos desafía con sus laberintos, con sus facetas que se velan y se re-velan, en una danza inconclusa.

Quizás por ello, los escritos de esos diecisiete años continúan interpelándonos. Apasiona mirarnos desde la lente de un observador que, a su rigor y vuelo de filósofo, sumó la percepción aguda de nuestra psicología; perspectiva que latió para expresarse, en el pulso emocional con que lo español se liga con lo argentino. Del afecto que en la pureza de su propósito no hace concesiones; provoca urgiendo mejorar.

Por eso, y en un agradecido homenaje, estos trazos a vuelo de pájaro del paisaje de su vida. Ella suma puntos para la referencia y fuerza inspiradora.

José Ortega y Gasset nació en Madrid un 9 de mayo de 1883. Vino al mundo, según sus propias palabras, “sobre una rotativa”. Su padre, Don José Ortega y Munilla, ejerció la dirección y el oficio de periodista en el madrileño “El Imparcial”, del que su madre y familia eran propietarios. El periodismo, por parte de padre y de madre, nutrió su crecimiento y se evidenció en su formación intelectual, en el estilo claro con que comunicó sus ideas y en la naturaleza de los escenarios donde materializó su obra.

El ámbito natural primero dejó por tanto, su huella, y validó el presupuesto enunciado en su primer libro, “Meditaciones de Don Quijote”, escrito a sus treinta y tres años: “yo soy yo y mi circunstancia”, cobró fuerza evidente en momentos significativos de su itinerario y culminó al dejar la tierra  en su Madrid natal, en 1955.
 
Vayamos pues, al hombre y a su circunstancia. Ortega y Gasset cursó los estudios primarios en la misma ciudad que lo vio nacer, y en la luminosidad de Málaga el bachillerato. Luego de concluir su doctorado en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, viajó a Alemania para perfeccionar sus estudios, tal como marcaban las costumbres de la época.

Al regresar a España en 1910, ingresó en la esfera pública desde la plataforma inicial de la cátedra de metafísica, cuya titularidad ganó en la Universidad de Madrid. Su abanico de inquietudes se centró entonces, y se expandió. En movimiento dinámico lo encontramos en 1914 fundando la Liga de Educación Política Española, y en 1916, junto con la publicación de su primer libro, participando en la constitución del diario El Sol, periódico donde a partir de 1920 vertió los ejes centrales de su pensamiento sobre el ser profundo de España y una propuesta de salida para los fenómenos de desarticulación que sacudían sus cimientos.

Esos artículos se consolidaron en “España Invertebrada”, un clásico del pensamiento español que, como señalamos, atraviesa las fronteras territoriales y supera con holgura, la elocuente prueba del tiempo. 

La relación del filósofo con el periodismo produjo, asimismo, frutos fecundos y perdurables. La creación en 1923 de la prestigiosa Revista de Occidente, cuya dirección asumió, fue un ámbito propicio. El comienzo de la dictadura de Primo de Rivera en esa misma fecha, y la confrontación doctrinal que Ortega y Gasset sostuvo desde su postura democrática, lo llevó a renunciar a la cátedra universitaria en 1929.

La circunstancia,- probó entonces-, es tanto límite como motivación a la creatividad; y focalizando en esta última, eligió cambiar las aulas por el ambiente estimulante de un teatro, abriendo posibilidades para que sus clases llegaran al gran público; logró de igual forma, una circulación más amplia del mundo de las ideas a través de la publicación del libro “Qué es la Filosofía” La íntima alquimia del filósofo con el comunicador que convivían en él, lograron el éxito de la empresa.

Luego de un breve período en que sus inquietudes políticas lo llevaron a propiciar a la II República Española y a acceder a una  diputación a  las Cortes Constituyentes por la provincia de León, volvió a la vida académica, convencido que el contexto que le ofrecía el cargo no era el marco favorable para producir con el poder de las ideas, realidades mejores.

Ortega y Gasset reingresó entonces, a la cátedra universitaria; entorno que en 1935 le rindió un vibrante homenaje, reconociéndolo como el representante más destacado de la filosofía española de ese momento. Continuó además, su prolífera labor, publicando en 1934, “En torno a Galileo” y en 1935 “La Historia como Sistema”.

La trágica guerra civil española, iniciada en julio de 1936, impuso a Ortega y Gasset una vez más, el imperativo de manejar su circunstancia. Y optó por uno de los caminos más dolorosos para un ser humano ligado con pasión a su tierra: el exilio.

La hoja de ruta se inició en París, continuó en Holanda e hizo puerto en la Argentina, donde vivió hasta 1942. Ortega y Gasset ya conocía a nuestro país: su primer viaje lo realizó en 1916, año de aperturas en su vida ya que la mirada de este joven,- aún desconocido-, que descubría en este punto del continente americano al nuevo mundo, se complementaba con el proceso creador de la obra inicial, “Meditaciones del Quijote”, con la que comenzó a aflorar su pensamiento europeo.

Los sonidos, los olores, las imágenes y movimientos de la vida cotidiana de Buenos Aires se enriquecieron con sus huellas imborrables; cobraron testimonio de su presencia iluminadora con los artículos que publicó en La Nación y continúan con sus libros, brindando aportes al estudio y reflexión de sucesivas generaciones de argentinos. José Ortega y Gasset es un clásico con el que seguimos contando.

Después de su estada en la Argentina, su próximo punto de llegada fue Portugal; en dicho país escribió “Origen y Epílogo de la Filosofía”, concebido originalmente para prologar la “Historia de la Filosofía”, de su dilecto alumno Julián Marías. El exilio auto impuesto no obstante, comenzaba a perder fuerza ante el llamado interior de retornar al  país de sus amores y sus desvelos. Al concluir la Segunda Guerra Mundial esa voz resonó más intensa; y 1945 marcó el año del regreso.

Las circunstancias políticas por la que atravesaba España en esos momentos, distaban de los postulados y anhelos del filósofo, periodista y maestro. Ortega y Gasset pudo residir en su tierra, pero vivir a gusto y a pleno, demandaba para su sensibilidad otras condiciones, que no eran satisfechas con el ambiente predominante.

En 1946 se comenzaron a publicar sus “Obras Completas”, uno de cuyos volúmenes está dedicado a compilar los escritos de los diecisiete años que participó en el diario La Nación. En 1948 Ortega y Gasset, que seguía apartado de la cátedra universitaria, fundó el Instituto Humanitas con un grupo de discípulos y colaboradores, canalizando así, nuevamente, su profunda vocación docente y su deseo de llegar al gran público, más allá de las aulas.

Tal vez buscando encontrar el aliento de su juventud, viajó en 1946 a Alemania, donde había perfeccionado sus estudios de filosofía. En esa atmósfera renovó el estímulo, y teniendo como punto de encuentro la perspectiva acerca de “El hombre y su lenguaje”, protagonizó con Heidegger un brillante debate.

Otros signos y señales lo llevaron, una vez más, a cambiar su circunstancia. Guiado por un reloj sabio y una brújula certera, en 1955 decidió volver a España. El 18 de octubre de ese mismo año, José Ortega y Gasset, completando el círculo, emprendió vuelo a la eternidad en el mismo paisaje rojo y ocre del Madrid en que empezó su recorrido

Desde ese espacio atemporal donde sus pensamientos habitan, sigue abriendo puertas sugerentes para el pensar y el hacer de todos quienes queremos tejer redes que construyan una unidad rica en su diversidad; como el universo; como la vida.